Ya está aquí la navidad. Llegó hace unos días, como siempre, sin avisar. Tuve indicios de ello al observar las luces en las calles de la ciudad, los muñecos de Santa Claus escalando los balcones, las paradas de objetos navideños y los anuncios televisivos de turrón y juguetes infantiles. Escribí la carta a los Reyes Magos, porque ya se sabe como funciona el correo estos días y no quería que la misiva llegara con retraso. Pero, aparte de eso...¿Dónde está la navidad? ¿Dónde eso que llaman el espíritu de la navidad? ¿Lo hemos olvidado los adultos? ¿O sólo los niños lo conocen?.
Estos días observo como, a pesar de ser navidad, todo sigue igual. Y quizás peor...
Los esfuerzos de años anteriores para conservar ese espíritu de amabilidad fingida se ha ido al traste en los últimos tiempos. Ya ni siquiera hay tiempo para hipocresías en navidad y tengo la sensación de que parecemos dispuestos a mostrar incluso lo peor de nosotros mismos.
Es interesante comprobar como el egoismo humano no conoce de calendarios y fechas señaladas. No sabe nada de la gratitud, la compasión y la necesidad propia y humana de compartir. Nada del desasosiego, de la soledad, de la distancia y la falta de cariño de los que apenas tienen nada...aunque sea navidad.
La navidad es hoy un regalo envuelto con papeles brillantes y etiqueta del Corte Inglés. Y es porque la navidad de antes, la que vivimos de niños...esa ya no existe. Está desclasificada.
Por lo tanto, esta navidad he decidido que voy a hacer vacaciones en alguna isla del pacífico sur a la que, por supuesto, llegaré a nado. Pasaré unos días bajo las palmeras y el sol melancólico, y apuraré los mojitos uno tras otro mientras no dejo de probarme bikinis nuevos. Y regresaré al cabo de un mes con la piel morena, el alma tranquila y restos de bronceador en mi frente. Esa es mi idea actual de la navidad. Pura incoherencia.

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