El transcurrir de los días, los minutos y los segundos. La sinergia de los acontecimientos y las emociones. Todo en la vida es cambio. Un cambio ondulante que como sonido musical nos impulsa siempre hacia delante, en medio del silencio. La sensatez de algunas mentes parece en extinción. Lo habitual es un pragmatismo sin límites que no deja entrever los límites del sentimiento. Conjeturar acerca del destino y la disposición de nuestras dualidades no es más que el deseo encubierto de controlar nuestra propia vida, pero la falacia del control es a la vez la moneda de cambio de nuestra propia experiencia y creatividad.No hace falta buscar paraisos perdidos ni tampoco refugiarse en futuros inciertos que nunca llegarán. La vida está hoy aquí y nunca parecemos darnos cuenta. No es fácil comprender que la conciencia es efímera. Que los instantes son pasajeros y no se detienen a contemplarnos. Tampoco nosotros, en ocasiones, tenemos tiempo para sentir.
El ser humano es el único animal que nace y muere con la conciencia del tiempo. Con el callado dolor de que nuestra existencia es finita y lleva implicita la muerte desde el momento de nacer. Esa lucha intensa contra lo inexorable es la mayor de las batallas. La que nunca es posible superar porque el miedo lo envuelve todo y lo transforma a veces en coraje y otras en sumisión.
Sólo queda la posibilidad de vivir el presente y como tal, la evanescencia de su propia esencia. Al fin y al cabo a la pregunta ¿Quien soy yo?, hay una única respuesta. Soy el que soy en este preciso instante.

La noche estrellada de Vicent Van Gogh
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