Hace muchos años, cuando era pequeña, tenía un cuento en el cual un personaje llamado Kásperle tenía polvos de la risa. En los momentos en los cuales la gente se sentía molesta, exasperada, inquieta, gruñona, desagradable y con falta de empatía hacia los demás, Kásperle sacaba sus polvos de la risa y soplaba fuerte para esparcirlos por el aire. Al instante, la gente se volvía agradable, amable, sonriente y agradecido con el prójimo. Hoy es uno de esos días en los que me gustaría tener a mano un poco de aquellos polvos de la risa. Lanzar al viento cantidades necesarias de ese polvo, que yo imaginaba de color naranja, para que el mundo, la gente, las personas que ves a diario, las que no ves pero lees o escuchas a través del teléfono, se vuelvan un poco más accesibles, más abiertas y más humildes.
Nadie está a salvo de los días sin viento...
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