
Soy un ser extraño en un planeta extraño. Vivo aquí desde hace tanto tiempo que ya apenas recuerdo desde cuando. No sé si nací aquí o llegué procedente de otro lugar. Lo único que sé es que soy un ser extraño en un planeta extraño.
Hace algunos años vinieron a visitarme los humanos. Yo hacía tiempo que los observaba y nunca pensé que serían capaces de llegar hasta aquí. Lo cierto es que lo consiguieron, o eso parece. En ocasiones todavía dudo de si fue un sueño. Ellos llamaron a este lugar el mar de la tranquilidad y desde entonces, no han vuelto jamás.
Mi vida consiste en observar lo que hacen y tratar de comprenderles. No resulta fácil porque continuamente se contradicen y se irritan por todo. Provocan guerras y destruyen su planeta poco a poco. Se diría que desean morir en poco tiempo sin importarles nada más que el dinero y el poder. Y muchas veces siento lástima por ellos y otras, me gustaría tanto ayudarles.
En este extraño planeta, o mejor dicho, satélite terrestre que es la Luna, los días parecen transcurrir siempre iguales pero no es cierto. Ocurren muchas cosas en la Luna. Cosas que los humanos nunca serán capaces de ver ni experimentar porque no les interesa verlo.
El otro día, sin ir más lejos, tuve una visita. Llegó procedente de una antigua nave tripulada que se perdió hace años en el espacio interestelar. En ella viajaban una pareja de monos que habían conseguido alterar el espacio-tiempo y aterrizar aquí, precisamente en el mar de la tranquilidad. Ahora se pasan el día saltando y corriendo entre las rocas de la cara oculta de la Luna. Tienen el suficiente oxígeno como para respirar. Sus cuerpos se han adaptado perfectamente a sobrevivir sin más alimento que las partículas de polvo de estrellas que, de vez en cuando, caen sobre sus cabezas. Con ellos son ya varios los animales con los que comparto espacio en este mar de la tranquilidad y es que como decía aquella frase: Cuanto más conozco a las personas, más quiero a mi perro.
Y yo añado: Cuanto más conozco a los humanos, más quiero olvidarlos.
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